Estrellas pop unidas en la crisis

“La muerte no es el fin”, amenazaba Bob Dylan en su modo apocalíptico. Un cínico apostillaría que, cierto, no supone ningún final en el negocio de la música pop, donde algunos ilustres cadáveres, sabiamente explotados, generan mucho más dinero del que lograron en vida. Se puede, por ejemplo, convertir en canciones los textos inéditos, revitalizando así su repertorio. Se ha hecho recientemente con la leyenda del country Hank Williams y con el cantautor antifascista Woody Guthrie, con resultados intrigantes.

Desde luego, esas colaboraciones más-allá-de-la-tumba dan una vuelta de tuerca al manoseado concepto del disco de homenaje. Suponemos que es bueno para el ego de un talento menor como, digamos, Norah Jones el ver hoy su nombre unido al de Hank Williams firmando conjuntamente un tema. Significa también un viaje al pasado, a tiempos más ¿inocentes?

Imposible menospreciar la sombra de O brother, where art thou (2000), el musical de los hermanos Coen que retrataba la Gran Depresión y la manera que se hacían canciones en tiempos difíciles. Hablamos de primitivos que funcionaban a salto de mata, sin la tutela de planes de marketing. No podían grabar sus nuevas canciones cuando brotaban y pocos tenían educación musical: simplemente, apuntaban los versos. Para las figuras contemporáneas, participar en su creatividad supone conectar con aquella “vieja, misteriosa América” que celebraba Greil Marcus.

De Hank Williams (19231953) sabíamos que dejó varios cuadernos con letras de las siguientes canciones que planeaba grabar. De hecho, eran tan famosos que, en 2006, se descubrió que un par de ellos habían sido birlados y vendidos a coleccionistas. Una vez recuperados, se ofreció a Bob Dylan la posibilidad de musicar los mejores textos. Este ya había explicitado en Crónicas su veneración por el autor de Jambalaya: “Cuando oigo a Hank cantar, cesa todo movimiento; el menor susurro parece un sacrilegio”. Y ya había homenajeado a un predecesor, con The songs of Jimmie Rodgers: a tribute (1998).

Al final, Dylan es simplemente uno de los 12 artistas que participan en The lost notebooks of Hank Williams (Sony). A Williams se le reconoce como el padre del moderno country. Más problemático, aunque muchos le hayan postulado, es identificarle como pionero del rock and roll: las rescatadas grabaciones para la radio WSM demuestran su debilidad por el cancionero lacrimoso y la religiosidad más elemental. Hay momentos escalofriantes en el disco: al iniciarse The sermon on the mount, Merle Haggard evoca un Johnny Cash resucitado; y Jack White imita a un hillbilly psicópata. Triunfan Jakob Dylan, que no luce impostado, y Sheryl Crow, que al menos consigue innovar en el arreglo.

El álbum es tan cuidadoso que ni se ha contado con el heredero directo de Hank: su famoso primogénito, Hank Williams Jr. En verdad, sí se le oye aunque no figure en los créditos: hace coros en Blue is my heart, el tema de su hija Holly. Ocurre que Hank Williams Jr. es material radioactivo en EE UU por sus opiniones ultraderechistas: justo cuando se publicaba The lost notebooks, logró que le despidieran del Fox Newsport demasiado extremista; equiparó a Obama con Hitler en un programa deportivo.

Al otro lado del espectro político estaba Woody Guthrie (1912-1967), que incluso escribió una columna para el periódico comunista Daily Worker. Era además un grafómano: su hija Nora tiene almacenadas “miles” de letras y prosas aptas para ser musicadas. Se han publicado varios discos basados en ese tesoro: los dos volúmenes de Mermaid Avenue elaborados por Billy Bragg con Wilco, y un par de trabajos de The Klezmatics con temática judía.

La última cata en el archivo de Woody es Note of hope (429 / Universal), pilotada por Rob Wasserman. El contrabajista, que toca en todos los cortes, ha imaginado un Guthrie del siglo XXI, hasta acomodarlo al pulso del hip-hop: los textos han sido adaptados y cantados por Lou Reed, Kurt Elling, Madeleine Peyroux o Ani DiFranco. Para contrastar, el tema principal es viñeta instrumental de Van Dyke Parks inspirada por unos apuntes del difunto: “La nota de la esperanza es la única nota / que puede evitar que caigamos al fondo de la pila de la evolución / ya que, mayormente, un ser humano es al final / sencillamente una máquina de esperanza”.

Lejos de los estereotipos del agitador rojo o el vividor itinerante, el Woody Guthrie de Note of hope parece un coetáneo de Baudelaire. Hay audacias, como la confluencia de sexo franco y política asumida en Ease my revolutionary mind (Tom Morello) y Union love juice (Michael Franti). O el Tour de force de Jackson Browne en You know the night, 15 torrenciales minutos de diálogo interior. Resulta que Note of hope es esa rara bestia: una historia de complicidades ideológicas, ajena a los impulsos del negocio discográfico. Además, realizada sin prisas: dos de los protagonistas, el bluesman Chris Whitley y el radiofonista Studs Terkel, murieron hace varios años.

Diego A. Manrique

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Estrellas/pop/unidas/crisis/elpepicul/20111102elpepicul_1/Tes

About Marc Leprêtre

Marc Leprêtre is researcher in sociolinguistics, history and political science. Born in Etterbeek (Belgium), he lives in Barcelona (Spain) since 1982. He holds a PhD in History and a BA in Sociolinguistics. He is currently head of studies and prospective at the Centre for Contemporary Affairs (Government of Catalonia). Devoted Springsteen and Barça fan…
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