¡Pobres de los pobres!

No sé si lo habrán notado, pero resulta que en los once primeros años del siglo que iba a presenciar el fin de la historia (y de la lucha de clases) ha aumentado brutalmente la desigualdad social en los países más ricos. La recesión ha empujado a más de 20 millones de conciudadanos europeos al abismo de la exclusión. Y los zarpazos al Estado de bienestar, considerados por Gobiernos y “mercados” remedios imprescindibles para que la economía “se restablezca” y todo vuelva a ser como antes (y, por consiguiente, puedan repetirse las crisis del capitalismo), no contribuyen precisamente a la felicidad de los más necesitados. Como advierte Zygmunt Bauman en Daños colaterales (Fondo de Cultura), “el compuesto explosivo que forman la desigualdad social en aumento y el creciente sufrimiento humano (…) tiene todas las calificaciones para ser el más desastroso entre los incontables problemas potenciales que la humanidad puede verse obligada a enfrentar, contener y resolver durante el corriente siglo”. En todo caso, parece que la pobreza se acrecienta, pero no explota (todavía). Los reformistas neoliberales y compasivos se congratulan de que, al menos, en este continente viejísimo (y conservador como un banquero con bonus) la gente todavía pueda elegir a quienes crean que les sacarán de la crisis. Claro que, como argumentaba Flores d’Arcais (que no es precisamente un bolchevique) en este periódico, a la hora de “elegir entre dos derechas, lo normal es que los ciudadanos prefieran la verdadera”, de modo que parece que tendremos Rajoy para Rato (nunca mejor dicho). Y, salvo improbables sorpresas, los venideros recortes (¡glup!) tampoco favorecerán a los más débiles. Claro que hay pobres y pobres. Hace poco un amigo me hablaba de un episodio de Antoñita la fantástica, el célebre personaje de Borita Casas (1911-1999), que trataba de una familia muy pobre: era pobre el padre, era pobre la madre, el jardinero era pobre, el chófer era pobre, y (supongo) que también el mayordomo. He pensado en esos indigentes que no lo son tanto a propósito de los dos artículos estupendos (sobre todo el segundo) de Francis Scott Fitzgerald reunidos en Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año (editorial Gallo Nero, otro joven sello independiente e imaginativo). Nada tiene que ver, por supuesto, el encanto melancólico y autoflagelante que se desprende de los artículos del talentoso niño mimado que fue Scott con la inmersión en la miseria que supone la estremecida lectura de Los pobres (Debate), una investigación-encuesta del novelista William T. Vollmann que se desarrolla a partir de las respuestas de indigentes y excluidos de todo el mundo a una sencilla pregunta: ¿por qué eres pobre? Vollmann sólo pretende “mostrar y comparar”, pero no cabe duda de que la ignorancia acerca de las razones de la pobreza sólo favorece a quienes no tienen demasiado interés en acabar con ese desagradable “efecto colateral” de un sistema que perpetúa y (eventualmente) ahonda la desigualdad. Y sí: quizás seamos menos (brutalmente) violentos que en el siglo XII, como se esfuerzan en demostrar Steven Pinker y otros intelectuales no melancólicos que prefieren ver la botella medio llena. Pero eso no es razón para que nos pongamos una venda en los ojos y empecemos a besarnos todos en la boca, como si a nadie le importara la halitosis de los que imponen las reglas del juego.

Librerías

La Cegal, que agrupa a los gremios de libreros, ha convocado para el próximo 25 un “día de la librería” destinado a fundar una tradición. No me parece mal, con la que está cayendo. Me hace gracia su coincidencia con el famoso Black Friday, que señala el disparo de salida (al día siguiente de Thanksgiving) de las ventas navideñas en Estados Unidos. Los horarios de las librerías se ampliarán, y se han programado actividades de apoyo para atraer a esos lectores tantos meses ausentes. Será un gran día para celebrar el libro analógico y olvidarse de los digitales, y para constatar in situ la avalancha de novedades, que continúa como si el mundo fuera el mismo que antes del big-bang de Lehman Brothers, de Kindle y de la piratería a golpe de botón. Verán en las librerías muchos y buenos libros de historia, por ejemplo, empezando por el que considero una auténtica obra maestra de síntesis histórica y, de paso, uno de los mejores libros publicados en 2011: la Historia de la Cristiandad (Debate), de Diarmaid MacCulloch, un catedrático oxoniense que sabe comunicar lo que sabe. Hay otros importantes, claro: ahí tienen el monumental Lepanto de Alessandro Barbero (Pasado y Presente), con el que el nuevo sello del veterano Gonzalo Pontón quiere marcar territorio; o la Roma, de Robert Hughes (Crítica), una apasionante historia cultural de la ciudad desde el estupro de Rea Silva hasta los stripteases radicales de Cicciolina. Otro historiador que sabe comunicar es Juan Avilés, del que recuerdo con especial agrado sus biografías de Pasionaria (Plaza & Janés) y Ferrer i Guardia (Marcial Pons); su último libro es Osama Bin Laden y Al Qaeda, el fin de una era (Catarata), una utilísima síntesis acerca de la personalidad y la ideología de la principal némesis de Occidente en la primera década del siglo.

Lindezas

En la mayoría de las destrezas periodísticas y literarias ha demostrado saber hacer casi todo y, además, bien. Elvira Lindo es, sin duda, una de las escritoras profesionales más completas que conozco, quizás porque no quiere serlo. Pero creo que donde alcanza la excelencia es en la autobiografía, aunque, paradójicamente, nunca haya escrito una. Cuando la memoria personal -por reelaborada y “editada” que esté- impregna su escritura, ésta resplandece. Su mejor novela (Lo que me queda por vivir, 2010) es aquella en la que es más perceptible la destilación de su experiencia; y escribe sus mejores artículos cuanto más se implica (y a la vez se distancia con ironía) en la vida que observa y nos cuenta. Por eso su nuevo libro, Lugares que no quiero compartir con nadie (Seix Barral), me ha parecido tan bueno. No se confundan: no se trata de la “guía personal” del Nueva York de Elvira Lindo, sino, de algún modo, una guía de Elvira Lindo en Nueva York, lo que la hace más interesante y menos neutra y ecuménica. Su mayor mérito tiene que ver con el punto de vista: a la vez dentro y fuera de las cosas. Y también de sí misma: perpleja, curiosa, angustiada o divertida en sus lugares, que no existen nunca, por cierto, sin las (otras) personas que los pueblan y les confieren carácter y color local, como diría Capote. Esos sitios que no desea compartir -ejemplos: un club de jazz en el Upper West Side, un restaurante abarrotado de pijos en Lexington, una librería en Nolita, una taberna en el Village- seguirán siempre (mientras duren: allí nada lo hace demasiado) siendo suyos. No importa el anexo con direcciones que se incluye en el libro (y que será inmediatamente difundido por medios electrónicos). Viajen a Lindo: disfrutarán con su mirada.

Manuel Rodríguez Rivero, El Pais

http://www.elpais.com/articulo/portada/Pobres/pobres/elpepuculbab/20111112elpbabpor_38/Tes

About Marc Leprêtre

Marc Leprêtre is researcher in sociolinguistics, history and political science. Born in Etterbeek (Belgium), he lives in Barcelona (Spain) since 1982. He holds a PhD in History and a BA in Sociolinguistics. He is currently head of studies and prospective at the Centre for Contemporary Affairs (Government of Catalonia). Devoted Springsteen and Barça fan…
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