Nanni Moretti: “Estoy rabioso, cabreado; no indignado”

Le vimos darse una vuelta en Vespa por la Roma desierta y achicharrada de agosto. También se nos cubrió de fango premonitoriamente en aquella declaración de intenciones que era Caro diario (1993), donde muchos supieron ver una metáfora de la Italia que se avecinaba para principios de siglo.

Cuando el cine de su país languidecía en un naufragio sin los referentes del pasado, ahí se alzaba Nanni Moretti como la conciencia crítica en imágenes de la tierra que vio crear a Rossellini, a Visconti, a Pasolini, a Fellini. Paso a paso, en el desierto de un final de siglo -el XX- más bien vulgar en la nómina de sus cineastas, Moretti se convertía en una especia de Woody Allen europeo.

Su crédito crecía con películas personalísimas, en las que mezclaba la comedia, el ensayo literario, una especie de lírica documental, el drama y una posición sabia, estoica y moral sobre la vida, la política y el arte. Así fueron creciendo sus seguidores, sobre todo desde Caro diario, después con Abril o con ese mazazo que fue La habitación del hijo (2001), Palma de Oro en Cannes.

Llegó el berlusconismo y no se arredró. Lideró un movimiento civil pacífico y siguió retratando su país en películas como El Caimán, al tiempo que prestaba al director Antonio Luigi Grimaldi su oficio de actor para rodar otra joya como fue Caos calmo, basada en la novela de Sandro Veronessi (Anagrama). Ahora, Moretti bucea en la incertidumbre general y apunta hacia una institución que se supone debería contar con superávit en ese sentido: la Iglesia católica.

En Habemus Papam retrata la crisis en la que entra un sumo pontífice recién elegido a quien no se le ocurre otra cosa que salir huyendo antes de presentarse a los fieles en el balcón de la plaza de San Pedro. Un Papa llamado Melville, quizá en homenaje al escritor que creó a Bartleby, aquel escribiente cuya frase desconcertante para la posteridad fue: “Preferiría no hacerlo”.

Cuando los círculos católicos supieron que Moretti preparaba una película sobre el Vaticano en Cinecittà, se echaron a temblar. Temían un ataque sobre los males conocidos que asolan a la Iglesia. Nada más lejos. Lo que no podían esperar era ese retrato tan sumamente terrenal que les brinda, con crisis de pánico y psicoanálisis incluidos.

Moretti siempre sorprendiendo, siempre defendiendo la impronta del creador diferente y fuera de norma. “Lo otro, la Iglesia perversa, ya lo conocíamos; quería darle la vuelta al Vaticano”, dice en Valladolid, donde su película abrió la Seminci. Más que la vuelta, con esas crisis de fe y esos cardenales motivados gracias al voleibol mientras esperan a su profeta, lo que le ha dado Moretti a la Iglesia es un revolcón.

Lo primero que me pide el cuerpo preguntarle sobre su película es acerca de la incertidumbre. Si ni el Vaticano sabe ya qué hacer, estamos perdidos, oiga. Por eso todos muestran su desesperación en la película: los fieles, en la plaza; los cardenales, en el balcón. Lo que me parecía realmente complicado es hacer esta película crítica pero no como todo el mundo esperaba.

¿Qué esperaban? Unos auguraban la típica crítica convencional; otros temían que fuera a tratar la pedofilia, las finanzas, la Iglesia más manipuladora y perversa, cosa gravísima, pero que todos conocemos, de lo que todos sabemos.

Claro, por eso es mucho más terrible esta película suya, porque golpea la fe, la fe que tienen en sí mismos. Exacto, lo otro era muy fácil. A mí me interesaba mucho más este desafío. Me parece mucho más inquietante para un creyente o para la alta jerarquía eclesiástica la imagen de un balcón vacío en la plaza de San Pedro. Eso es lo más representativo de mi película.

Y lo más inquietante… El gran capital de la Iglesia es una tradición basada en una fe que es piedra; lo que usted describe es humo, aire, duda, falta de dogmas y cabezas pensantes. Exacto, es lo que me atraía. Lo hago mediante esa salida, ese viaje por la ciudad del Papa. El personaje a quien encarna Michel Piccoli, sin diálogos, sin apenas nada que decir, que cuestiona y se cuestiona, se enfrenta con preguntas a sí mismo y al público, y por ende, a toda la Iglesia. Esta película trata de un hombre que plantea un acto de fuerza en un entorno así y que no pretende más que retratar y poner en evidencia su propia debilidad. Hablar de nuestros propios límites es un acto de fortaleza.

¿Es eso lo que más les ha molestado? ¿Cómo han reaccionado? Pues no sé, antes de que se estrenara, sin haberla visto, comentaban más cosas. Una vez estrenada, no tengo ni idea, tampoco me he preocupado por ello; cuanto más pasa el tiempo, menos me interesa. No sé. Me preocupa mucho más el público. Hemos debatido en Milán, Roma, Bolonia, por todas partes; creo que ellos han seguido todo atentamente, pero no me he enterado de gran cosa.

Si la Iglesia es el alma de ciertos países, sobre nosotros, que somos su carne, le interesará nuestra reacción, al menos en los países de fuerte implantación católica. Bueno, no divido al público de la película en creyentes o no, en católicos o no. El público la ve, algunos me han seguido antes, otros no. No me preocupa que la vean cardenales, espero que lo hagan por su bien, pero, en el fondo, da lo mismo.

De todas formas, la película en algunos aspectos parece ciencia ficción, género fantástico. No me imagino un cardenal a quien se le pose la paloma encima y no quiera convertirse en Papa. Los testimonios de las elecciones del Papa siempre dicen que se han sentido indignos, inadecuados.

¿La humildad fingida? No creérselo. Es uno de los aspectos que me hicieron pensar en la película. Todos esos Papas que decían sentirse no aptos, el misterio de una persona que es un hombre un minuto antes y luego es el vicario de Cristo en la Tierra, ese instante, ese paso es lo que quería reflejar antes de cualquier otra cosa.

¿Y usted se cree esa actitud cuando la expresan? En algunos casos, sí. A Juan Pablo I, sí; de hecho, pobrecillo… La primera escena era esa cuando empecé a escribir.

Se confiesa ateo, ¿no? Sí.

¿Por qué un ateo se empeña en hacer una película sobre la Iglesia? ¿No será que en el fondo le queda un resquicio de fe? ¿Por qué darle tanta importancia? En fin, yo le he dedicado una película al waterpolo. ¡El deporte menos practicado y menos visto del mundo!

Ya, pero usted cree en el waterpolo. Ha sido profesional. En España tenían una figura, Estiarte, de mi quinta.

Volvamos a la Iglesia y su nueva película…¿Por qué darle tanta importancia? Porque pienso que a través de esta renuncia, la del papa Melville, a través de sus dudas, su figura, esa manera de poner todo entre comillas o su depresión, la película puede contar algo que nos afecta a todos. Si se centrara en un político o un empresario, no daría de sí. Pero si hasta el Papa tiene ganas de escaparse, de escabullirse, de renunciar a su poder, el planteamiento puede interesar a todo el mundo. Le digo más: sin ser alguien obsesionado con lo que supone la Iglesia, puedo regalarles y mostrarles toda esa galería de cardenales humanizados; si lesguardara rencor, si sintiera conflicto con el Vaticano, habría hecho otro filme. Tengo resueltas mis tensiones con la Iglesia. Son otro tipo de ateos los que mantienen ese conflicto; para mí no hay relación.

Esos cardenales son toda una fauna humana muy bien plasmada, se denota un esfuerzo por retratar algo. ¿Qué exactamente? Me encanta dirigir no solo actores, también comparsas, figurantes. En esta película, los figurantes tienen un papel muy importante. Meter todo eso en funcionamiento es un reto para la dirección. Yo quería contar otro cónclave, nada que ver con lo que estamos acostumbrados a que reflejen en otras películas, en series de televisión. Cónclaves que hablan de complots, ntrigas, candidaturas pactadas, votos interesados. Aquí se trataba de lo contrario. Nadie quiere ser Papa. Mi experiencia de espectador ha sido fundamental para mi trabajo como director. He visto tantas veces lo mismo que deseaba hacer otra cosa. Quería contar otro Vaticano.

¿Cuál es más real? ¿El suyo o el del resto? El de otros habla de la caricatura del poder; el mío está inventado, por ahora. Pero dentro de 50 años, ¿quién sabe? Será menos fantasioso.

Lo que le decía de la ciencia-ficción… Imagínese que en 50 años decimos: ¿te acuerdas del Vaticano de Moretti? ¿Profeta? Uno hace películas no tanto para reflejar la realidad, otros sí. A mí no me atrae reflejar la realidad simplemente, me importa contarla según mi propio punto de vista. Me interesaba entrar al Vaticano como psicoanalista y convertirme en un rehén. Pero después que los cardenales se convirtieran de repente en los míos.

Poco más y eligen Papa al psicoanalista. Bueno, Papa no, pero capo sí. ¿Espíritu Santo? Una gran influencia. Pero me interesaba eso; suponemos que el Papa debe ser portador de certezas y en cambio, a mí me gustaba verlo comoun hombre lleno de preguntas y de dudas. Quería jugar con este cambio de papeles.

Ahí surge la comedia. La comedia para mí es natural, pero también el drama, no como programa estético, ni punto de partida, ni como las patas de la mesa, sino como parte de nuestra existencia. Así es la vida, un baile entre los dos, comedia y drama. Algunos creen que la comicidad es una manera de expresión superior, otros la desprecian. Para mí es normal, siempre que conviva con otro tono, como un día en nuestra vida.

A usted se le considera de hecho una especie de Woody Allen europeo. ¿Le molesta la comparación? No, nada. Solo que no dispongo de la energía de Woody Allen.

Es cierto que no hace usted una película al año, en eso demuestra ser más perezoso. Mientras yo ruedo una película, él termina cinco. Pero bueno, si él hiciera un poco menos y yo algo más, estaría bien. Que yo firmara una y él dos y media, pero no cinco. Sospecho que, como cineasta, él con lo que disfruta es escribiendo los guiones, sobre todo. Yo disfruto con todo el proceso, toda la construcción de una película.

Aquí han echado el resto. Sí, y mire que eso es curioso porque yo tendía a autocensurarme. Desde que era un chavalillo y hacía películas en Super 8, cuando escribía nunca me daba por hacer nada costoso, pero desde El Caimán hasta ahora me he soltado el pelo. Extraño, porque siempre me he guardado de no meterme en líos caros, ni complicados. Ahora, con la crisis, volveré a controlarme.

Y Nanni Moretti, ¿cuándo flaquea en la fe? ¿Cuándo la pierde? Bueno, yo no recibí una educación de película, en plan represivo, ni sádica, ni nada por el estilo. Tuve una educación católica normal.

¿Qué entiende por una educación católica normal? Mis padres eran creyentes, pero no opresivos.

El niño Moretti creía… Sí, aunque a eso de los 16 años perdí ese don y hasta ahora no lo he vuelto a hallar. No es que me enorgullezca de ello tampoco, ni que me dé rabia, es así.

La gente opina de los ateos que andan con mucha más facilidad por la vida cuando no es del todo cierto. ¿No le resulta verdaderamente duro no creer? Mucho más complicado, pero es un reto más bello, menos cómodo. El modo de ser católico en Italia…

¿Cómo es, según usted? Muy vago, bastante genérico.

¿Acomodaticio? ¿Convencional? Más que convencional, aproximativo.

Y ser ateo, ¿resulta más difícil? No, no es difícil.

Pues en España sí. Aquí todo el mundo puede manifestarse, organizarse, pero cuando los laicos quieren salir a la calle a protestar por algo, se les prohíbe en muchas ocasiones. Muy raro. Ah, ¿sí? En Italia no creo que salga tan complicado, será que yo tiendo a no hacerme la víctima, no me gusta.

No se hace la víctima, pero sí que ha sido uno de los intelectuales que desde el primer momento se enfrentó a Berlusconi. ¿Se sintió solo? No, no. Cuando en 2002 nos organizamos en el movimiento del Girotondi, no nos sentíamos solos, para nada. Era un movimiento de ciudadanos ajenos a la política muy popular en Italia, con muchos seguidores, nos dedicábamos a otras cosas, no queríamos convertirnos en el enésimo partidillo del 1%. Fue algo raro, siempre sabíamos que cada uno volveríamos a nuestros asuntos. Cuando he hecho política, de forma voluntaria, ha sido una experiencia constructiva, muy bella. Pero siempre he tenido claros dos aspectos. Uno, que era un paréntesis en mi vida; otro, que no quería formar ningún partido sin esfera de poder, que no había necesidad para eso en Italia.

Debió de ser un poco frustrante. Por mucho que ustedes se manifestaran contra esa catástrofe moral, poco predicamento tuvieron, poco influyeron. Ahí seguimos, sin grandes cambios.

Es que, fijándome en personajes suyos, como el que da vida en Caos calmo, usted tiene algo de Bartleby, el personaje de Melville, por cierto, el nombre de su Papa. ¿En qué sentido?

Lo digo porque en esa actitud de aquel personaje entrañable, la de retirarse a un parque a esperar cada día que su hija salga del colegio, se adivinaba cierta decepción también. Bueno… No creo que estuviera decepcionado aquel personaje. Yo tampoco, no estoy desilusionado: estoy rabioso, cabreado; por tanto, no desilusionado, tampoco indignado. Lo que sí es cierto es que la izquierda aparece siempre víctima de personalismos, litigios internos que no la dejan avanzar en cuestiones concretas. Pero en lo que respecta a Caos calmo, lo que viene a decir aquella película es que en algún momento sentimos la necesidad de encerrarnos en nuestros mundos para ver con distancia y comprendermejor qué sucede.

Importante eso de parar y pensar. Más en estos tiempos. Sí, sí. No veo aquella película como el resultado de una desilusión, de verdad, más como un modo diferente de pasar el luto, no olvidemos que él ha perdido a su esposa, era otra forma de enfrentarse al sufrimiento, diferente también a la que yo proponía en La habitación del hijo.

Cierto, porque si hay algo que usted ha explorado es ese enfrentamiento al dolor de la pérdida. Son pérdidas diferentes. La pérdida de un hijo yo creo que no tiene parangón. Me interesaba ver qué le sucede a una persona que se ocupa profesionalmente del sufrimiento ajeno, cómo era capaz de encarar el suyo propio en lo más terrible, lo más doloroso que puede ocurrirte: la muerte de un hijo. En Caos calmo yo solo trabajé de actor. Eso es un chollo, es jauja.

Ya, pero parecía una película de Moretti. En la actitud, en esa manera estoica de enfrentarse a la vida. ¿No es usted estoico en gran parte? ¿Yo? ¿Estoico? No sé, ¿qué quiere que le diga?

Defiéndase. ¿Es una acusación?

No necesariamente, lo que pasa es que le vemos en moto en pleno agosto por Roma en ‘Caro diario’, luego así, sentado en el parque enCaos calmo Ya, pero las pruebas para la acusación, ¿cuáles son?

Ninguna, si se siente usted un estoico. Nada más… Y nada menos. Como buen romano. Digamos que un poco. Pero es que siempre temo las definiciones, no quiero autobombo.

No, si aquí de lo que se trata es de buscarle defectos. Ah, vale.

Comenzamos con el estoicismo, no como un defecto, sino como una actitud algo difusa ante la vida. Vale, vale, si es una llave para adentrarse en mis defectos, vale, no quisiera que esto se convirtiera en nada que diera de mí una imagen heroica.

Entonces, insisto, ¿estoicismo? Sí, lo reconozco.

En la infancia, ¿cómo era de niño? En casa, un poco nervioso; en la escuela, vago. Me encantaba, eso sí, jugar al waterpolo. De ahí el homenaje que le hace a su deporte en Palombella rossa.

¿Qué aprendió como anfibio? Se descubre que se puede hacer uno mucho daño. Por todas partes. El waterpolo yo lo veo solo como un deporte, pero si usted quiere analizarlo como una metáfora de la vida, vale, le autorizo.

En cada deporte se puede hacer eso. Sí, sí… Insisto, te puedes hacer mucho daño.

¿Y esa diferencia entre estar cabreado pero no indignado? En el sentido que en cualquier parte del mundo tiene que haber indignados, así en Finlandia como en Noruega, en Italia o en España, se ha convertido en una palabra global. A mí, como soy un tipo anticuado, me encantaría que esta revuelta significara algo real, que influyera en los partidos, que se le sacara ventaja para tomar decisiones concretas.

Pero es que parece que en su misma concepción está repeler cualquier forma de poder. ¿Quiere decir eso que no es tan comprometida como parece? La única manera de conseguir cambios y transformaciones ¿es tocando esferas de poder? Claro, pero ¿qué quiere decir compromiso? Querer cambiar las cosas no sirve solo como compromiso. Para eso necesitas poder. No basta el movimiento, el eslogan. A veces parece una parodia moralista con la que no se quieren pillar los dedos.

¿Será la juventud? ¿Será Internet? ¿Será que hacen falta en el fondo jerarquías para cambiar cosas? Más que democracia real, me parece algo bastante demagógico. La jerarquía existe y existirá. No soy un gran admirador del mundo de Internet.

¿Ni ordenador tiene? Para ver documentales, cortometrajes.

¿Como una televisión…? Sí, eso, pero aprenderé, aprenderé, cuando sea una cosa anticuada y a nadie le interese, entonces me aplicaré.

Usted siempre a la última. Eso, pero no es que no me llame la atención, es que me da pereza.

Le veo un auténtico seguidor de Paul Lafargue, yerno de Marx, y aquel libro: El derecho a la pereza. Absolutamente, ese hombre de nuestro tiempo…

Jesús Ruiz Mantilla, El Pais

http://www.elpais.com/articulo/portada/Estoy/rabioso/cabreado/indignado/elpepusoceps/20111113elpepspor_8/Tes

About Marc Leprêtre

Marc Leprêtre is researcher in sociolinguistics, history and political science. Born in Etterbeek (Belgium), he lives in Barcelona (Spain) since 1982. He holds a PhD in History and a BA in Sociolinguistics. He is currently head of studies and prospective at the Centre for Contemporary Affairs (Government of Catalonia). Devoted Springsteen and Barça fan…
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